La casa vacía
Rosa aprende a habitar el silencio tras el duelo
La soledad de quien sobrevive a casi todos sus afectos.
Pongo dos tazas por costumbre. Luego recuerdo y guardo una.
Rosa enviudó hace una década y desde entonces aprende a habitar el silencio de una casa demasiado grande. La soledad, dice, no avisa: se instala despacio.
Conserva pequeños rituales que la sostienen. Reconoce que a veces pone dos tazas por costumbre y que, al recordar, guarda una con una sonrisa triste.